La lógica empresarial ha dado lugar a una serie de creencias que, vistas desde la política de orientación al cliente, son algo menos que verdades a medias. Una de ellas es la de que quien más clientes tiene es el líder de su mercado. Cuando esos clientes generan poco valor frente a los gastos que suponen para la compañía, se convierten en un lastre que puede llevar a una firma a la bancarrota.
Tampoco los clientes más solventes son siempre los que más convienen a las empresas. En el caso de las entidades de crédito y los bancos, parece claro que los mejores clientes son los que pueden liquidar su deuda en el menor plazo posible, porque eso permite a la organización recuperar en poco tiempo el dinero que ha prestado. A la larga, sin embargo, esta afirmación se vuelve incorrecta, puesto que, cuanto más tiempo tarde un usuario en devolver un crédito, más intereses deberá pagar y, probablemente, más servicios consumirá de la entidad con la que opera.
Por otra parte, la posición social no determina siempre cuál es el público objetivo más deseable para una compañía. Un estudio realizado el pasado año por