Las trilogías vuelven a estar de moda. Y digo vuelven porque han sido, desde hace tiempo, una fórmula recurrente en el mundo del cine y la literatura. Los ejemplos son incontables; en el cine, las aventuras de Indiana Jones, Mad Max o las de Hannibal Lecter se nos han ofrecido en tres capítulos; en la literatura, autores como Torrente Ballester nos han contado gozos y sombras gallegos en tres libros. Y todo eso, amén de aquellas series que se alargan de forma interminable en sagas como La guerra de las galaxias, Alien o Rocky emulando a los magníficos Episodios Nacionales de nuestro Galdós.
Ahora mismo se puede disfrutar en la gran pantalla de las últimas entregas de El señor de los anillos y Matrix, dos de las apuestas cinematográficas que han optado por esta fórmula comercial de probado éxito. Ahora bien, los resultados obtenidos entre una y otra han sido muy distintos. Mientras que “El retorno del Rey” ha dado el último espaldarazo a un merchandising impresionante, a la fama de los actores y del director, agasajados hasta la saciedad en baños de fans allí por donde estrenan, la última Matrix ha pasado por taquilla con más pena que gloria sin cumplir las expectativas económicas que despertó.
¿Por qué tanta diferencia? ¿Acaso no responden a un mismo patrón? En ambos casos se trata de tres películas que siguen un mismo hilo argumental y cuentan con los mismos personajes, una propuesta también de continuidad en formas y estilo... la verdad es que hay una clara diferencia entre ambas: El señor de los anillos ha fidelizado a su clientela y Matrix no. ¿En qué radica la diferencia?
Vayamos al caso del éxito, El señor de los anillos. Una esperadísima película que se ha atrevido a adaptar en cine, gracias a la tecnología, una de las obras literarias con mayor número de lectores, adeptos y fans. Tan esperada que hubiera podido, por ello mismo, resultar el gran fracaso de la industria cinematográfica en este principio de siglo. ¿Por qué no lo ha hecho? Porque las tres entregas que hemos podido disfrutar en pantalla responden a un cuidadoso plan en su concepción y su márketing. Entre los grandes aciertos de ese plan está el haber sido fruto de una estrategia única, diseñada de un tirón desde el principio; de hecho, el timing de estreno estaba previsto para tres años consecutivos, aunque la producción y el rodaje supuso un auténtico esfuerzo de titanes para actores, director y equipo, que rodaron de una sola vez durante casi dos años. Un argumento fiel a la novela que tuvo especial cuidado en la segunda de las entregas (aquella que no contaba con principio ni final) para mantener al público expectante y que ha ido dosificando de forma justa las noticias, el arte de desvelar secretos de rodaje y de comercializar el merchandising. En definitiva, ha sabido enganchar a su clientela.
Analicemos ahora Matrix. En vez de responder a una estrategia prediseñada, la trilogía de los mundos virtuales ha sido improvisada: una película que obtiene un éxito inesperado y decide repetir para explotarlo al máximo sin un plan preconcebido. Es decir, en la segunda película se vuelve a buscar a los actores, se escribe un segundo guión que busca más impactos visuales sin cabe y toda la producción responde a los intentos de un equipo de explotar una idea que funcionó y en la tercera se intenta rizar el rizo en espectacularidad. Como en otros muchos casos, se abre un final que estaba cerrado con ideas más o menos coherentes, aunque es claro que el producto final se resiente de un hilo conductor que había sido roto, un paso del tiempo en actores y equipo, un guión que no se ha trabajado de una vez y una comercialización a trompicones.
Aunque pertenece al ámbito lúdico, el cine es un negocio y comparte con muchos otros la necesidad de compensar gastos e ingresos y resultar rentable. Planificar adecuadamente una estrategia no es una buena fórmula para un empresario, incluidos los productores de cine, sino una necesidad. Una estrategia que explote los recursos de la forma adecuada y que vaya enfocada a los clientes potenciales y los convierta en clientes fieles. Hubiera preferido mil veces ser productor de El señor de los anillos, una empresa bien planificada y con una estrategia de fidelización excelente, antes que arriesgar mi dinero en la última entrega de Matrix que, sin duda, ha exigido cada vez más recursos para terminar en una silenciosa y no tan honrosa despedida.