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Alerta en la empresa: el arte de prevenir

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¿Es ético que a uno le etiqueten como “ciudadano peligroso” o le atribuyan un color en función de lo amenazante que resulte? ¿Con qué autoridad moral decide un Gobierno clasificar a la población, según su nivel de riesgo, basándose en criterios supuestamente objetivos? Éstas son algunas de las preguntas que ha levantado la polémica decisión adoptada recientemente por el equipo de George Bush, en su cruzada antiterrorista . La Casa Blanca ha lanzado un plan con el que se pretende controlar exhaustivamente el flujo de pasajeros en vuelos locales, dentro del país. La iniciativa viene a complementar otra previa por la que todos los extranjeros que aterricen en EEUU –salvo los de la UE- deben facilitar sus huellas dactilares y someter su imagen fotográfica a un sistema de control biométrico para cotejar esos datos con archivos policiales, para averiguar si se trata de un presunto terrorista.

Prevención es la palabra clave que justifica, con mayor o menor acierto, el plan norteamericano. Las autoridades locales intentan, con esta iniciativa, reunir la mayor información posible no sólo para identificar a un posible agresor, sino para anticiparse, incluso, a las intenciones futuras de una persona de cometer un crimen contra la seguridad del país. Nada más parecido a lo que muchas empresas realizan hoy en día.

El proyecto estadounidense, bautizado como CAPSS II, sustituirá el mero uso de los listados de personas más buscadas y de señales de alerta por un sistema tecnológico más complejo en el que, para averiguar quién es realmente el pasajero, se cruzará la información policial disponible con bases de datos comerciales. Además, las aerolíneas estadounidenses deberán facilitar a la Administración los detalles de las rutas que realicen sus usuarios, lo que permitirá completar aún más el perfil de los pasajeros de cada uno de los vuelos que se lleven a cabo dentro de Estados Unidos. Este sistema otorgará un color a cada persona según su rango de peligrosidad y, basándose en ese particular semáforo, señalará a las autoridades aeroportuarias quiénes deben ser registrados en particular y, más aún, quién no estará autorizado a formar parte del pasaje de un avión. El rojo etiquetará a los pasajeros de alto riesgo, “vetados” en principio para cualquier vuelo; el amarillo alertará a la policía sobre sujetos que deberán ser examinados minuciosamente antes de embarcar, mientras que con el verde.... ¡volaremos el resto de los “hombres de bien”!

Esta política de prevención extrema ha visto, en la tecnología del análisis de datos, lo que otras compañías han descubierto para conocer mejor a sus propios “ciudadanos”: los clientes. Para muchas organizaciones, resulta crítico saber quiénes son sus usuarios, al objeto de poder ofrecerles servicios a medida y rentabilizar las acciones de márketing que se vayan a realizar. Y más aún. Analizar los datos que los clientes proporcionan puede permitir detectar patrones de conducta que anticipen quién está satisfecho con una compañía y quién a punto de cambiarse a la competencia.

La maquinaria de seguridad estadounidense no ha permanecido ajena a las posibilidades que el análisis de la información le brindan. No somos seres anónimos; la mayoría de los actos que realizamos queda consignado en un registro, dejando así un rastro que es posible seguir para reconstruir hechos pasados. Para las empresas, el establecimiento de un sistema de “alertas” supone una manera inteligente y efectiva de mejorar la relación con el cliente y optimizar sus acciones comerciales.

Para el Gobierno de Estados Unidos, este tipo de acciones pueden ser la medida definitiva que evite un nuevo 11-S, pero también una fuente permanente de atropellos contra la intimidad y los derechos humanos. ¿Qué es más importante: la seguridad nacional o la libertad individual? El debate está servido. En la empresa, sin embargo, no hay espacio para la polémica, porque no existe esta relación riesgo-beneficio: “vigilar” de cerca al cliente y anticiparse a su comportamiento conlleva siempre ventajas, tanto para el propio usuario como para la compañía que le sirve. Pronto tendré que viajar a EEUU y confío en hacerlo como “ciudadano de color verde”, pero, sobre todo, espero que mi compañía aérea esté a la altura de que lo que le exijo como cliente ...¡Aunque para ello haya tenido que “etiquetarme” previamente!

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